La historia de mi anillo 

Hace años tuve un anillo, de plata, bastante sencillo pero bastante especial. Era un regalo símbolo de una amistad, pero también era algo más. En su interior llevaba grabados una palabra mágica y un año diferente para mi “Fénix 2010“.

Significaba que 

no importaba lo difícil que hubiera sido 2009, tampoco lo abajo que había llegado a sentir que estaba, ni lo perdido que me encontraba aún una vez empezado ya 2010. Ni si quiera que hubiera sentido morir parte de mi personalidad mientras tanto. Significaba que, aunque hubiera cambiado, yo podía volver. Y es una lección que ya nunca olvidaré, pase lo que pase siempre acabaré pudiendo volver.

Desde que me lo regalaron lo llevaba siempre puesto. En algunas ocasiones, cuando tenía un mal día, bastaba con mirarlo para sentirme mejor, en otras hacía falta que lo sacase y lo leyera mentalmente mientras pasaba el dedo por la inscripción, como si al hacerlo estuviera liberando algún tipo de hechizo oculto en el anillo que por momentos me llenaba de confianza.

Solo me lo quitaba de vez en cuando para hacer deporte y siempre que me duchaba. A veces, por mis tontos despistes olvidaba ponérmelo tras la ducha y entonces me sentía desnudo todo el día. Cuando esto ocurría siempre temía haberlo perdido, aunque estuviera seguro de que estaba en el lavabo, esperando paciente a que yo llegara a casa.

Siempre era así. La última vez que me pasó fue el verano de 2012 en Groenlandia. Allí me lo quitaba a menudo: Para ayudar en la cocina, para limpiar, para remar en el Kayak, para las duchas, para montar y desmontar los campamentos… Allí sentí que había perdido el anillo más veces de las que puedo recordar, pero al final siempre acababa apareciendo por alguna parte, así que aprendí a no sufrir por ello.

Una de las veces, empecé a tardar más de lo normal en encontrarlo, fueron pasando días y aquellas palabras grabadas en plata no estaban por ningún sitio, pero de alguna forma estaba seguro de que al final lo iba a recuperar. Cuando llegó el final de octubre, ya no quedaban viajeros ni nadie de la empresa, habíamos desmontado todos los campamentos y solo quedábamos un compañero y yo y unos pocos días antes de marcharnos me di cuenta que no iba a volver a verlo. Y aquella fue la última vez que lo perdí. Groenlandia me aportó muchas cosas, puede que ese fuera el tributo que tuve que pagar a cambio.

A pesar de que en esos casi 3 años mi situación había mejorado mucho, y no necesitaba mirarlo tan a menudo, me había acostumbrado a llevarlo y no podía dejar de sentirme raro sin él. Aunque lo peor era que no sabía muy bien como iba a contárselo a la persona que me lo había regalado. La verdad es que no recuerdo como lo hice, sólo que al tiempo ella terminó por regalarme otro para suplir la ausencia. Este era de acero, con dos surcos que separaban el centro plateado de los extremos negros. También llevaba una inscripción: “Fénix 2010 -2013“. Era totalmente diferente, pero a la vez tenía algo que me hacía sentir que era el mismo que había perdido. Este anillo seguía siendo símbolo de aquella amistad, pero a la vez era una metáfora de mi mismo, que me había sentido perdido una  mil veces, hasta que me perdí de verdad por completo y para poder volver tuve que hacerlo siendo una persona diferente.

De forma paradójica, aquel anillo acabó convirtiéndose en el detonante de una estúpida serie de razones para romper aquella amistad, que tiempo después regresaría, pero ya nunca volvería a ser la misma. Otra lección de las que no se olvidan.

Nos alejamos, así que cuando una de las veces que fui de vacaciones y me quité el anillo para bajar a la playa y al subir no lo encontré, no le dije nada. Lo busqué por los cajones, por el suelo, debajo de la cama, en el baño… Pero nada. Me volví para Madrid y supe que no volvería a tenerlo conmigo nunca más. Me hice a la idea y me acostumbré a no llevarlo. Mi vida siguió sin más, quizás había dejado de ser un fénix de forma definitiva.

Algunos meses después volví a Bellreguard, cuando me desperté tras la primera noche, al mover la mano que acostumbro a poner debajo de la almohada noté como si tocara algo. Como tantas otras veces, en las que sueño que encuentro montones de monedas, teléfonos y oro por la calle y justo antes de despertar soy capaz de sentir como lo toco con la mano que tengo debajo de la almohada. Siempre pienso “esta vez sí, esta vez algo de todo eso va a quedar” y al final nada. Pero esta vez estaba ya totalmente despierto y lo seguía teniendo en mi mano. Lo saqué y lo vi, allí estaba, otra vez en mi mano, aquel anillo mágico.

Por la tarde no pude evitar mandarle una foto a aquella persona en la que salían el anillo, el muro del paseo marítimo y el mar.

Con el paso del tiempo empecé a pensar que podría ser posible que, al igual que yo, las cosas también pudieran aprender a volver y tal vez aquel anillo lo hubiera hecho.

DSCN9881

p.S: Por si a caso empecé a tener más cuidado con él. De momento sigue estando conmigo, puede que no me vaya a acompañar toda la vida, pero llevándolo aprendí cosas que sí lo harán.

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