Tu propia sombra

Nos estamos empeñando cada vez más en estar siempre felices, sonrientes, alegres y contentos y en demostrar que lo estamos. Pero ¿Se puede ser verdaderamente feliz sin llorar de vez en cuando? ¿Sin recordarse a uno mismo sus fracasos y derrotas y lanzarse de cabeza a pelear con ellos? Yo al menos no puedo, también necesito estar triste a veces para poder ser feliz.

No sirve de nada pasártela repitiéndote lo bien que te va y lo feliz que eres cuando no es del todo cierto, cuando sabes perfectamente que hay algo que a veces te quita el sueño, que hay recuerdos que pueden hacerte caer desde el paraíso en el que vives hasta el suelo en 0,4 segundos y dejarte  allí hecho papilla. Cuando una simple canción puede hacer tambalearse tu universo entero desde los cimientos. Cuando hay momentos en los que te preguntas si no te estarás equivocando con todo lo que haces en tu vida, con todo lo que has hecho desde el primer instante, si no habrás perdido tu tiempo y no lo estarás perdiendo ahora mismo y no estás seguro de que contestarte.

Se que yo no podría ser feliz si no me dejara arrastrar por esos miedos y dudas hasta los infiernos una vez al año al menos, o una vez al mes, o varias veces al día dependiendo del momento.

Y es que a veces es necesario dejarse llevar por tu propia sombra, igual que a veces te dejas guiar por alguien, porque sabes que conoce el camino mejor que tú, o porque estás seguro de que te llevará por rutas que nunca hubieras descubierto por ti mismo o en las que no te habrías atrevido a adentrarte. Dejarse llevar por la sensación de rendirse después de una larga lucha que te va consumiendo. Dejarse vencer, dejarse caer hasta lo más bajo y sentirte vil, cobarde y notar el fracaso brotando de cada poro de tu piel. Hundir la cabeza entre las piernas y, en esa posición, temblando y llorando de puro miedo porque aunque estés en el infierno tú sientes frío, vomitar para quedarte vacío, hasta que no quede nada de ti, pero mucho menos aún de todo lo que no eres tú.

En cierto modo es una forma de decidir yo mismo cuando dejar que mis dudas me venzan, y que no me puedan coger desprevenido, cuando menos preparado estoy para afrontarlas. Así decido yo cuando morir para volver a nacer, un poco más vacío pero un poco más entero.

Y es que nunca he dejado de ser un simple y pequeño Fénix que muere una y otra y otra y otra y otra vez.

Creo en los fantasmas terribles de algún extraño lugar…”

 

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