Rocky

Viniste cuando yo era sólo un niño. Fuiste un buen regalo de un buen amigo, pero papá no podía saber que estabas con nosotros, así que te escondimos en mi habitación. Cada vez que maullabas nos poníamos a gritar como locos o a decir cosas sin sentido para tratar de disimular. ¡Menuda manera de disimular!

En fin, a pesar de nuestra elaborada táctica, papá no tardó en darse cuenta de que algo ocultábamos y llegó el temido momento en que entró en mi cuarto buscando las pruebas del crimen. Yo sabía que ese iba a ser el final de

nuestra breve historia. Me tocaría despedirme de ti y a ti volver por donde habías venido y buscar otra casa en la que quedarte. Cuando papá se encontró cara a cara contigo reaccionó como se esperaba “En mi casa no entran gatos”.

Pero solo era una pose, además tú ya estabas dentro. Y no sólo de la casa, tus ojos azules y tu pelito blanco ya habían tocado su corazón y en seguida cambió su postura “se queda con una condición, se llama Rocky”. Yo me quedé completamente desconcertado, en parte porque no me esperaba ese giro de los acontecimientos y en parte porque yo quería ponerte algún tipo de nombre exótico o elegante y el nombre de Rocky chocaba totalmente con mis planes.

Finalmente pensé que era una pequeña concesión a cambio de que te quedaras. Por otro lado, hasta ese momento sólo te habíamos llamado “bsbsbsbsbs” o “minominomino” y tenía que reconocer que, en cualquier caso, suponía un paso adelante, así que cerramos el pacto.

Para mi eras un capricho, como un juguete nuevo. El mejor juguete que sin duda había tenido nunca, pero un juguete al fin y al cabo. Y de todos los juguetes se acaba cansando un poco uno. Yo no es que me cansara, pero no te presté la misma atención pasados unos años, los que coincidieron con mi adolescencia. Durante todo ese tiempo fue mamá la que se preocupó de enseñarte lo que estaba bien y mal y papá de darte más caprichos. Él era tu favorito, siempre estabas detrás de él en cuanto se levantaba por la mañana y también cuando llegaba a casa después de trabajar. Y pensar que yo creía que nunca te iba a aceptar…

No se exactamente cuando pasó, pero se que un día al verte por casa, mirándome con resignación aunque con algo de esperanza en que te dedicase un poco de tiempo, empecé a ser consciente de que me echabas de menos. A lo mejor llevabas todos esos años echándome de menos, mientras me veías pasearme por delante de ti, así que decidí que ya era hora de volver a jugar contigo y me puse manos a la obra.

Y jugábamos, pero ya no como antes, en seguida dejabas de correr, te tirabas en el suelo y me mirabas con cara de aburrimiento. A lo mejor era tu forma de devolverme la indiferencia con la que te había pagado todo este tiempo o eso pensaba yo. La verdad es que mientras que para mi sólo habían pasado algunos años y seguía pensando que era invenciblemente eterno, tú habías dejado de ser un cachorro rebosante de energía para convertirte en un gato adulto. Pero otra vez me costó un tiempo comprenderlo.

En cuanto viste que volvías a existir para mi, me empezaste a buscar mucho más, aunque te cansabas de jugar antes cada vez. Yo no llegaba a entender que querías, mi mente no contemplaba la posibilidad de disfrutar sin hacer nada especial, así que en parte me aburría y me frustraba. Aún así no volví a alejarme del todo de ti y poco a poco fui aprendiendo lo que llevabas tanto tiempo intentando enseñarme: a disfrutar de tu compañía sin más, de tu existencia, del tacto de tu pelo, del peso de tu cuerpo dormido tumbado sobre mi pecho, de tus pulmones llenándose una y otra vez y de los latidos de tu corazón.

Cuando papá nos dejó pensé que nunca hubiera imaginado que tú le ibas a sobrevivir. Llegué a pensar que era injusto y mi parte más irracional buscó echarte a ti la culpa, como si te hubieras quedado tú los años de vida que le habían faltado a él. Pero que culpa ibas a tener tú, si seguramente también le echabas de menos.

No se si por eso o porque simplemente nos llevábamos mejor que nunca empezaste a seguirme a todos sitios cada vez que yo entraba en casa. Y sin darme cuenta nos fuimos convirtiendo en mejores amigos.

Nos había costado muchos años llegar a entendernos del todo, casi todos. Seguramente más por mi que por ti, pero por fin lo habíamos logrado. Tú siempre me buscabas y yo siempre te recibía con los brazos abiertos. La mayoría de las veces sólo querías verme mirando una serie o un partido, o dormirte encima de mi después de unas cuántas caricias.

Y en ese equilibrio seguimos avanzando, hasta una tarde en la que habiendo quedado esa noche, me eché un rato la siesta para coger algo de fuerza (yo ya también había dejado de tener energía ilimitada). Al despertarme, tú estabas dormido encima de mi y decidí que no iba a moverme hasta que te despertaras. Se acercaba la hora en la que si no me empezaba a preparar llegaría tarde y empecé a resignarme en que a lo mejor terminaba por no salir. Pero a la hora exacta abriste los ojos, te desperezaste y te bajaste de la cama. Seguramente fue casualidad, pero cualquiera diría que querías apurar hasta el último segundo posible conmigo.

Rocky

Ya hace unos meses que te quedaste ciego, pero no por eso dejaste de buscarme. Y yo, que sabía que en tus ojos había dejado de existir, te hablé y te acaricié más que nunca, para que supieras que estaba ahí y no tuvieras miedo.

Tu edad y tu falta de visión te restaron mucha agilidad. Ibas despacito por la casa y buscabas las puertas tentando las paredes. Eso también hizo que pasaras más tiempo en tu cama, pero en cuanto yo llegaba a casa te levantabas y me seguías sin cansarte, aunque fuese de la cocina a la habitación 4 veces y entretanto pasase dos por el baño.

Además siempre guardabas algo de energía para subirte a mi cama a última hora. Yo sabía que te costaba hacerlo, que te daba miedo, porque tenías que saltar primero a la cama de abajo y después desde esa a la mía y no era fácil calcular a ciegas. Pero lo hacías, por estar un rato mas a mi lado. Así que aunque estaba prohibido que te subieras a la cama yo hacía la vista gorda, porque me sentía feliz de ver que un día más habías conseguido llegar hasta mi y mamá se quejaba, pero con la boca pequeña, y yo le agradecía mentalmente que te dejara quedarte.

Cuando este lunes volvía de Andorra, una de las cosas que pensé durante el camino, era que tenía ganas de tumbarme en la cama y esperar a que subieras para abrazarte una vez más. Cuando llegué a casa estaba cansado de esquiar y del largo viaje. Tenía sueño, pero después de saludar a mamá me puse a cenar mientras veía las fotos de la nieve que los demás subieron al facebook.

Tardé un rato en darme cuenta que no estabas rondando por allí y le pregunté a mamá donde andabas. No se porqué pero supe la respuesta antes de terminar la pregunta, pero algo dentro de mi quiso guardar una esperanza por un momento hasta que escuché lo que me temía.
Después intenté terminar la cena, pero ya era imposible.

El domingo te pusiste malo y el mismo lunes por la mañana tuvieron que llevarte a terminar con el dolor. Ojalá hubiera llegado antes para estar a tu lado y ayudarte a que no tuvieras miedo. No imaginas cuanto lo siento.

No creo en un más allá, pero creo en un más acá. Porque cuando alguien te marca tanto, aunque se vaya, se queda para siempre en el mundo viviendo dentro de ti.

Yo me alegro de haber crecido a tu lado durante estos 17 años, de haber tenido la suerte de ser tu amigo y compartir tantos momentos y sobretodo de haber comprendido, aunque me costara tanto, que tú sólo querías mi compañía y de habértela dado.

Gracias Rocky, difícilmente podrías haberlo hecho mejor.

Rocky ojos

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