Al borde del abismo

A menudo las mejores historias son las que no suceden, las que nadie vivió, las que ni siquiera fueron escritas y nunca verán la luz. Las que solamente hemos imaginado dentro de nuestra mente que podrían pasar, aún sabiendo que no podían pasar.

Hay historias que incluso solamente en sueños pueden existir. Historias que tu mente consciente no tiene capacidad de dar continuidad y que, en cuanto empiezas a despertar da igual cuántos esfuerzos hagas por retenerlas, porque se van escapando a vaharadas, como el vapor de un baño con la ventana abierta después de una ducha bien caliente.

Y quién sabe como serán entonces las historias que ni siquiera pueden ser imaginadas, las que no pueden cobrar vida ni en el sueño más fuerte y solamente el universo puede conocer de ellas.

Si pudiera sentirlas por un sólo momento… Y ahí es donde ganan la partida las historias reales, en que las puedes vivir. Y no hay nada mejor que vivir historias, así que nosotros decidimos  vivir la nuestra.

Dice Sabina: “en Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero nosotros preferimos no hacerle caso, y nos juntamos nuevamente con nuestras amigas de Huelva. 12468155_10207548556145483_1831677289_n

Aunque nos faltó Consuelo. ¡Ay Consuelo! Como te echamos de menos…

También nos faltó un poco de Pani, que no fue del todo ella, pero su alegría, su descaro y sus voces consiguen hacerte reír incluso a medio gas.

Además contamos con la colaboración de los nuestros, los de siempre, los mejores, de los sitios en los que más nos gusta estar y del camarero que ya sabe como nos gustan las copas.

Descubrí que el poder de Santa Ágeda sigue intacto, que Rosa es una auténtica cazagoles en el futbolín y que a Pani, en cuanto cogió un poquito de práctica, tampoco se le daba nada mal, aunque al final les acabó tocando pasar por debajo de la mesa. ¡Buen trabajo chicos! Descubrí también ¡que estoy aquí!, aunque no sepa donde, que estamos escuchando, aunque no sepa el que, y que sobretodo estamos perfectamente.

Pude recordar lo que es tener el corazón a punto de salirse por la boca de pura adrenalina. Y por supuesto aprendí que me da miedo soltar las manos al borde del abismo, pero que con mis amigos detrás prometiéndome que no me fallarán, soy capaz de eso y mucho más.
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