El milagro de Santa Águeda Bendita

Eramos ellas tres, más dos amigos y yo.

Se podría decir que los 6 éramos casi unos completos desconocidos. Pero algo hizo que decidiéramos pasar juntos un fin de semana en Sevilla, en la misma casa.

A lo gran hermano, pero sin cámaras (no se si por suerte o por desgracia). Todos pensábamos que era una buena idea. Cuando se junta la buena gente las cosas solo pueden salir como salieron: Bien.  Mejor que bien, genial.

Aunque más tarde tuvimos que reconocer que a todos se nos pasó por la cabeza que podría haber sido un completo desastre. No llevarnos bien, no conectar, o peor, que fuéramos unos descerebrados con malas intenciones, así que por si a caso, mejor dejar avisado a alguien cercano por si había que salir corriendo ¿no?

Por suerte no hizo falta llamar a nadie. Por suerte nos llevamos bien. Por suerte no tardamos en conectar ni cinco minutos, fue como un milagro.

Un fin de semana es, relativamente, muy poco tiempo, pero fue bastante para conocernos, para hablar de cualquier tema, para salir a beber juntos, a bailar, a conocer la ciudad paseando, pero no muy ligero, parando cada poco para “echá un cigarrito”. Tuvimos tiempo para todo menos para dormir, porque cuando queríamos quedarnos dormidos siempre surgía una voz, o saltaba alguien encima de tu cama y todo volvía a empezar. También he tenido tiempo de sorprenderme con Roberto o de darme cuenta de que cualquier amigo, por muy bien que creas conocerlo, en cualquier momento te puede llegar a confesar un oscuro secreto, como por ejemplo que sí, que él se plancha el pelo. Pero sobretodo hemos tenido tiempo para reír sin parar, hasta perder la voz.

Te das cuenta de que nunca olvidarás estos días cuando te paras a pensar que esta misma mañana has soltado sin más que por fines de semana como estos es por los que merece la pena vivir la vida, o cuando en el camino de vuelta nos hemos preguntado los tres en varias ocasiones cuando volveremos a ver la ciudad y cuando volveremos a verlas a ellas.
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Y es que ¿cómo no quererlas? Con su acento y sus frases lapidarias tales como “desde luego, ezque ere horrorozo” o “Ay Santa Águeda Bendita” ante las que nada puedes contestar.

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Rosa, mi compañera de fatigas la primera noche. Esa persona que no podría hablar más rápido aunque quisiera, porque entonces la lengua le saldría disparada de la boca. A veces es imposible entenderla, quizás hasta hable en otro idioma, pero cuando la miras a los ojos ahí sí lo ves todo claro: Ella solo quiere ser feliz, además es  graciosa sin esforzarse lo más mínimo, así que siempre consigue sacarnos la sonrisa con facilidad.

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Consuelo, tan sensata, comedida y educada. Con su voz dulce, tranquila y pausada. Te gana con su cordura y su saber estar, y porque por encima de todo eso, deja claro que también sabe divertirse, ay ay ay Consuelo… Me dio la imagen de Santa Águeda y, aunque no soy creyente, me hizo especial ilusión. He perdido la cuenta de cuantas veces la he besado ya.

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Y Paniiiiiiii. Esa mujer que entró gritando a nuestras vidas. Se presentó haciéndome cargar por la calle con su almohada y su manta. A los 5 minutos ya tenía un mote para mi y una canción para Robertotototo. El azote de nuestros sueños. Desde por la mañana hasta por la noche escuchando su voz constantemente. Debo confesar que durante un instante su descaro, sus gritos y su insistencia casi llegaron a saturarme, pero al momento se me pasó y después se me hacía raro escuchar el silencio cuando se fue. He de reconocer que pasear por Sevilla con ella agarrada de mi brazo fue como estar a otro nivel, aunque espero que no llegue a enterarse, no vaya a ser que se le suba a la cabeza.

Cuando al fin nos despedimos y nos quedamos solos en la casa, el vacío era demasiado grande para soportarlo, así que nos fuimos a ahogar las penas al casino. Y gracias a Santa Águeda Bendita, el viaje nos salió casi gratis. Aunque la verdad es que ¡este viaje no tuvo precio!

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