El protagonista

Toda nuestra vida la vivimos desde el mismo punto de vista: el nuestro. Podemos intentar ponernos en el lugar de los demás, pero nunca veremos con sus ojos, ni sentiremos con su piel. Podemos asegurar que nosotros existimos, aunque no tengamos claro como, ni donde, ni cuando, porque nuestro pensamiento existe pero ¿Existen los demás?

¿Son reales sus sentimientos y sus pensamientos? Creemos que sí, intuimos que sí, incluso sabemos que sí, porque hay indicios, señales inequívocas de ello, pero nunca podremos llegar a afirmarlo con la misma certeza con la que podemos decir que existimos nosotros.

La vida se vive en primera persona, somos el actor principal, el protagonista. Los demás pueden ir y venir, entrar o salir. Vivir a tu lado, y parecer casi tan reales como tú y después alejarse, tanto que es como si su vida hubiera dejado de existir.

Casi todas las historias que nos cuentan desde que somos pequeños tienen un protagonista. Un personaje que es el centro de la acción, de los pensamientos, alguien que decide y al que en la mayor parte de los casos le terminan saliendo bien las cosas. Es fácil interiorizar eso. Para nosotros desde que nacemos todo lo que pasa ocurre alrededor nuestro y es grato pensar que todo nos va a salir bien y va a tener un final feliz. Es mucho más fácil acomodarse en esa idea, que en la de que cualquier cosa, sea buena o mala, puede pasar en cualquier momento sin más.

Es como cuando en un capítulo especial haloween de los Simpson (6×06) Bart, Lisa y Milhouse están rodeados por Skinner y el resto de profesores al borde de unas tablas y a punto de caer en una batidora gigante que les despedazaría y Bart completamente seguro dice “tranquilos, al final siempre pasa algo que nos salva”, porque en el fondo sabe que es el protagonista y que no puede morir.

Y lo cierto es que en nuestra sociedad, de una forma u otra tenemos esa idea metida en la cabeza. No importa que pueda haber crisis, no importa que haya gente que grite que el mundo se va a la mierda, no importan los millones de problemas que pueda haber. Nos hemos educado con la idea de que al final todo saldrá bien. Los libros de historia nos cuentan que la civilización mejora y que los derechos y las libertades crecen cada vez más con el paso de los siglos. Además, los de mi generación, hemos nacido y crecido en la democracia, con la que parecía haberse tocado el techo en este sentido. Y nos contaron el cuento de la Unión Europea, la moneda única, la globalización… Todo cada vez más grande y cada vez mejor(¿?). Y todo en medio de un gran crecimiento económico y tecnológico. Con el cambio de siglo y de milenio, el futuro estaba aquí. Y siguiendo esa lógica exponencial, algún día llegaríamos a expandirnos por todo el universo llenándolo de una super civilización próspera y feliz para siempre jamás.

Con esas condiciones, y siendo el protagonista, todo solamente podría salir bien. Aunque sabes que la lógica dice lo contrario, piensas que siempre estarás sano, fuerte, joven y guapo. Sabes que el mundo te está preparando una jugada maestra y que tarde o temprano triunfarás. Serás el mejor futbolista, o un abogado prestigioso con un ático con piscina en Nueva York, o el más importante matemático de toda la historia, o presidente, o ¿por qué no rey del mundo? Pueden ser ideas locas, pero da igual, porque tú eres el protagonista y solo es cuestión de tiempo que todo eso termine pasando.
Aún recuerdo como un profesor nos dijo en clase una vez como si de una maldición se tratase “Pensáis que estáis aquí de escaparate, y que iréis viendo pasar a la gente mientras vosotros permaneceréis para que el resto os puedan contemplar jóvenes y guapos. Pero no. Yo también fui joven como vosotros. Y vosotros también seréis viejos como yo algún día y también os saldrán arrugas y os dolerá el cuerpo.” Recuerdo que aunque mi mente sabía que tenía razón, una parte de mi me decía “no le hagas ni caso. Él no es el protagonista. Tú sí y serás eterno.”

Pero no, no somos eternos. No lo somos como personas, ni tampoco como especie. Aunque confío en la humanidad, ya no me consuelo pensando que nuestra obra seguirá creciendo y mejorando más y más. Ya no buscó ahí el sentido de la vida. En este universo todo crece y se expande, hasta que empieza a decrecer. Y, aunque tengamos características diferentes al resto de organismos, no creo que vayamos a ser la excepción. Algún día la raza humana dejara de existir, llegará nuestro final y seguramente no será el de un cuento feliz.

Quizás haya perdido el instinto de perpetuar la especie, pero la verdad es que lejos de angustiarme, me tranquiliza pensarlo. Siento que esa caducidad, aunque sea a largo plazo, le da sentido a cada experiencia que vivimos.

Y a la vez, aunque intento mejorar en lo que puedo, ya no siento que tenga que intentar conseguir ser un héroe, ni ser el protagonista de una historia de acción, ni famoso, rico o increíble. Me he quitado toda esa presión. Ya no aspiro a vivir una vida perfecta sino mi vida y me relajo pensando que solo soy uno más, uno de tantos y tantos que pasaron por aquí, intentando ser feliz.

Y la verdad es que funciona mejor.

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