Crónica de un derbi de hace 15 días

Hoy es domingo y un par de amigos y yo hemos improvisado una quedada en una de las terrazas habituales, a medio día, para tomar unas tapas y sus respectivas cervezas.

Un buen rato, como tantos otros, en el que nada reseñable pasa. Bueno sí, pasa alguna que otra mujer por delante de nosotros que nos hace cambiar nuestros trascendentales temas de conversación en más de una ocasión. Nos hubiéramos quedado aquí infinitamente, en nuestro pequeño paraíso de tapas, cervezas y debates sobre el existencialismo

de Kierkegaard interrumpidos solo por la belleza femenina, pero se acerca peligrosamente la hora en la que el tiempo para comer le empieza a ganar minutos al tiempo de la siesta y ahí si que no cabe debate alguno. Así que nos marchamos a casa, a comer rápidamente y más rápidamente aún lanzarnos a la cama a soñar con estar otra vez en la misma terraza en la que estamos ahora mismo.

Pero antes siquiera de llegar a casa, uno de mis amigos, del atleti, en la lucidez superlativa que sólo un momento como el vivido puede aportarte (por el debate filosófico por supuesto), sugiere por whatsapp ir esta tarde a Madrid a ver el partido en lugar de hacerlo en el bar-de-siempre, con nuestro camarero de siempre,el mobiliario de siempre, los feligreses de siempre y por supuesto tomar “lo de siempre”, que tan cómodos nos hace sentir. Y nosotros, en el mismo estado de lucidez, al momento contestamos que sí entusiasmados con la idea.

Cuando me despierto voy directo a darme una ducha de agua muy caliente, de las que me hacen sentir bien. Normalmente también me ayudan a pensar, pero hemos quedado pronto para llegar con tiempo y hacer previa, así que me doy prisa, cojo un vaquero cualquiera, me pongo la camiseta de mi equipo y nos vamos a Madrid, a la zona de La Latina por precisar más.

Al llegar nos metemos en el primer chino que vemos y compramos unos litros de cerveza, así a ojo, sin calcular y también algo (menos) de picar. Ya provistos nos vamos a sentarnos a la Plaza de Carros a dar buena cuenta de la compra, que en eso, básicamente, consiste hacer la previa del partido.

Mientras vamos bebiendo un poco, nos disponemos a reabrir el debate filosófico que dejamos a medias por la mañana, tema sobre el que, a pesar de nuestro imperioso deseo finalmente no llegamos a pronunciar ni una sola palabra. ¿Por qué? Pues porque estamos en una zona de paso de mucha gente, hoy sobretodo de mujeres, mujeres bellas además, para ser más exactos. Por delante de nuestros ojos desfilan mujeres altas y bajas, rubias y morenas, españolas y extranjeras, solas, acompañadas o en grupo, vestidas casual, elegantes, explosivas… Tal muestra de femineidad desatada eclipsa el resto de nuestros pensamientos, que se disipan, y ya solo somos capaces de debatir sobre belleza, hablando como auténticos expertos, pues si no lo éramos ya antes, en este momento sin duda alguna pasamos a serlo. Creo que en este rato me he llegado a enamorar al menos 3 veces, solo para volverme a desenamorar minutos más tarde. Que derroche de amor, que insensatez, que delirio y que acierto a la vez. Como aquellas cosas que solo pueden tener sentido sin tenerlo.

Delante nuestra hay unos bancos de piedra, entre arbustos, que hacen las veces de cama para algunos vagabundos. Uno de ellos, el que está justo enfrente, se fija en que uno de mis amigos se acaba de encender un cigarro y por intentarlo le pregunta si no tendría uno para él, aunque en el tono de su voz se puede notar que no alberga muchas esperanzas. “Claro que sí, toma.” responde mi amigo, y entonces su cara se ilumina de la felicidad pura que sólo las cosas más sencillas nos pueden dar. Se acerca despacio, porque está descalzo, le preguntamos su nombre y nos cuenta de donde viene y la cantidad de años que lleva viviendo en España antes de volver a tumbarse en su banco de piedra a terminarse el que, por su gesto parecía el mejor cigarro del mundo entero.

Tras este inciso seguimos a lo nuestro, y yo tal vez me enamoro un par de veces más, hasta que, ya con nuestros víveres a punto de agotarse y con la hora del partido acercándose peligrosamente sin tener ni una ligera idea de a que bar vamos a ir a verlo, como de la nada se nos acerca un chaval a ofrecernos una alternativa. Aunque quizás sea demasiado atrevido llamarlo alternativa, sobretodo teniendo en cuenta que no tenemos un plan A.

Él, que no parece intuirlo, saca sus mejores armas: Buenos precios, buen ambiente, sisha gratis… Tiene buena pinta, así que tras hacernos los duros lo justito, por el qué dirán, allá vamos.

Pero al llegar las expectativas no se ajustan a la realidad, sino que la realidad se baja los pantalones allí mismo y se mea descaradamente encima de las expectativas:

Según entramos en el bar, está sonando una de mis canciones favoritas (¡demonios!) y la gente nos saluda como si nos conocieran de siempre y llevasen toda la tarde esperando nuestra entrada estelar. Sólo queda una mesa libre, que no podía estar situada en otro sitio sino justo al lado de la de un grupo de unas diez mujeres con una marcada actitud festiva. ¿Podría ser mejor? Sí claro, por ejemplo si nos pidieran que las ayudáramos a mantear a una de ellas… ¡Ja, ja, ja! Pues no solo lo hacen, sino que al acabar con la primera nos lo piden con una segunda.

Y todo así, al más puro estilo Hollywood. Tanto que mentalmente me aseguro por si a caso es mi cumpleaños y no me he dado cuenta. Pero no, aún estamos a domingo día 4, y ya tuve una fiesta sorpresa el viernes. Esto debe ser espontáneo, aunque no tenga ningún sentido, aunque a la vez solo no teniéndolo puede empezar a adquirirlo de alguna forma.

En fin, me acerco a la barra a pedir algo de beber y le pregunto al camarero que cervezas tiene. Como de memoria empieza a recitar: Cruzcampo, Estrella de Galicia…

-Para para para, no hace falta más. ¡Tres Estrellas!- Y me acerco con ellas orgulloso a la mesa donde esperan mis amigos pensando “Todo ha salido a pedir de Milhouse”.

Ya casi ha empezado el partido, así que en el bar se apaga la música, se enciende la tele y casi de forma simultánea el espectáculo se empieza a venir abajo. Las chicas se van en seguida, nosotros nos sentimos tentados de acompañarlas, pero nos quedamos a ver el partido, que para eso hemos venido y además es un derbi Atleti-Madrid. Pero vaya derbi… No está a la altura de ese nombre. Todo se podría resumir en pocos detalles, como que a mitad del partido se acabó la Estrella (aunque ya se había apagado hacía rato) y me tuve que pedir un cubata con la esperanza de que aquello se pudiera salvar de algún modo. O como que una sonrisa enigmática siempre es ganadora, incluso cuando estás perdido.

A los pocos minutos de acabar aquel suplicio, no quedaba nadie en el bar, tampoco quedaba ya ni rastro de la magia que se respiraba al entrar, así que decidimos que mejor sería esfumarnos también nosotros a otra parte.

La opción más normal, teniendo en cuenta que es domingo, sería irnos a casa. Pero teniendo en cuenta que lo normal está sobrevalorado, queda descartada.

No estaría de más echarse algo al estómago antes de ir a los pubs de copas. Así que pasamos por un bar que ofrece pinchos de tortilla con la caña. Está bastante vacío, salvo por un sujeto solitario, sentado en la barra, en un rincón al lado de la puerta. Nos ponemos cerca, y entablamos algo de conversación. Es argentino, de River, bastante buena onda. Nos damos cuenta de que es buen tipo. Al menos esa clase de buen tipo que es capaz de plantarse solo en un bar y dar conversación a tres seres como nosotros cuando se presentan. Pero nos acabamos la cerveza y el pincho, y este se convierte en el segundo bar de la noche que pierde todo su encanto en menos de una hora, así que nos vamos sin mirar atrás.

Mirando hacia delante tenemos dos pubs a tiro de piedra uno a la izquierda y otro a la derecha, así que no nos complicamos más, nos metemos en uno de ellos y vamos directos a pedirnos unas copas. El precio casi nos echa para atrás. Casi, pero el bar está tan lleno que por desgracia no tenemos espacio para retroceder. Está lleno decía, hasta la bandera y en él encontramos una fauna muy diversa: un cualquiera trajeado que a todo el que pasa por su lado le decía sin dejar muy claro el porqué “Ojo, eeeh, ojo”. Otro que, sin trabajar allí, parecía guardar la puerta (pero por dentro). Y sin embargo no es su actitud lo que más llama la atención, sino una de las cortinillas más inverosímiles que haya podido existir jamás, adornando su cabeza, combinada con la visión del pelo que asoma por encima de los pocos botones que lleva cerrados en una camisa indescriptible, que cada uno se la imagine como quiera.

También hay un grupo de mujeres que atrae las miradas de la gente, son guapas y van de divas. Ellas mismas con su actitud, parecen querer crearse un aura de “seguid soñando con que se nos suelte un pelo y con suerte el aire haga que os roce, porque eso es lo más cerca que vais a estar de tocarnos, mortales”. Entre ellas destaca una chica negra, tiene carisma, es preciosa y se nota que las demás la siguen. Se sabe ganadora y juega con ello. Siempre he pensado que las divas no valen la pena, pero hay que reconocer que, joder, esta sabe lucirse.

Y un montón de personas más de cuya imagen no merecerá la pena acordarse. Tantas que decidimos irnos. Pero no más lejos que al pub de enfrente que ofrece lo mismo pero con menos gente.

Nada más entrar casi tenemos que irnos. Alguien, no se quién, ve mi camiseta con el número 10 y el nombre de Arda. Yo solamente escucho “Arda” y se enciende la chispa dentro de mi. Mi amigo del atleti  y yo nos ponemos a cantar a grito pelado la canción de Arda Turan. No nos importa que estemos en un pub, ni que la gente nos pueda mirar raro, ni tampoco que Arda ya no esté en nuestro equipo. Él es algo más que fútbol, él es un profeta y le animamos por encima de todo sin importar las consecuencias. No llevamos rindiéndole culto más de 10 segundos y ya está aquí el puerta para decirnos que o nos callamos o a la calle. Por un momento me siento tentado a salir, pero entonces me doy cuenta que me apetece tomar otra copa y, vaya, igual la fe tampoco es algo tan importante ¿no?

Profeta Arda

Nuestra intención es seguir como si nada, pero ya hemos llamado la atención de la gente y cuando voy a ver si en el fondo hay más sitio una mujer se acerca a hablar conmigo. Tiene un cuerpo moldeado y lo lleva debajo de un vestido que no podría quedarle mejor. En la cara se le nota que, siendo benévolos, vivió al menos los últimos años de la dictadura, pero eso nunca ha sido un problema y menos con un cuerpo así. Es inglesa, así que toca cambiar de idioma, eso tampoco supone un problema y menos con un cuerpo así. La conversación fluye, hasta que no se por qué se confiesa fanática Mourinhista. Pero bueno, con un cuerpo así, eso tampoco supone ningún pro… ¡Oh shit! Eso sí que no. Tras contarle unos cuantos secretos sobre la madre de su amado ídolo que ella se resistía a creer, llegando a increparme, me despido educadamente enseñándole mi espalda y mi corazón, el dedo claro.

Al final, en el fondo no había más sitio, así que me vuelvo a la zona de la entrada con mis amigos. Y allí nos quedamos un rato, quizás hablando con más gente, hasta que se acaba el efectivo y la camarera me dice que no aceptan pago con tarjeta. Da igual, de todas formas ya tenemos que irnos o perderemos el último metro de vuelta a casa. Así que nos despedimos, hasta la próxima.

Llegamos al andén, casi vacío, una de las cosas buenas de ir en metro a estas horas. La mala es que los trenes pasan con poca frecuencia y en el luminoso un “10” nos dice que nos toca esperar. En uno de los bancos, sentada en una esquina, una chica llora desconsolada, mirando de vez en cuando su teléfono. Hay muchos más bancos, sin nadie que los ocupe, pero yo me siento en el mismo que ella, aunque en la otra esquina. Muy cerca pero a la vez muy lejos. Mis amigos se quedan un poco más apartados. Creo que es guapa, pero cuando la miro detrás de sus lágrimas solo soy capaz ver a una pobre cervatilla herida. Me dan ganas de preguntarle que le pasa y de consolarla, o simplemente darle un abrazo. Antes de decidirme a hacerlo se han pasado los 10 minutos y el tren ya está aquí. Así que nos montamos en él.

En seguida parece darse cuenta de que no ha cogido el correcto. Sentada unos asientos más allá de nosotros nos pregunta en si vamos en dirección Plaza de Castilla, cuando la contestamos suelta un suspiro lleno de desesperación y resignación a partes iguales. Pobrecilla, después de todo, en la siguiente parada se tiene que bajar para dar la vuelta y otra vez esperar a saber cuanto a que llegue su tren. Mentalmente le deseo suerte.

linea 10

El nuestro sigue adelante, a pesar de la hora siguen entrando y saliendo gente encada parada, aunque según nos vamos acercando al final de la línea, cada vez está más vacío. Hasta un momento en el que en el vagón solo quedamos nosotros 3 y dos chicas, sentadas justo enfrente. Cada una a su manera, pero las dos son como una especie de obra de arte viva digna de admiración, así que eso hacemos, admirarlas:

La que está más a la derecha tiene un cuerpo de ninfa, la piel clara y el pelo también sin llegar a ser rubio. Lo lleva algo ondulado. Es guapa.

La que está a la izquierda es morena y tiene un cuerpo más grande, más normal, sin dejar de ser bonito. Pero su cara, sus labios, su gesto… Tienen algo indescriptible.

Así que terminamos el día con un nuevo debate, que se prolonga incluso alguna parada después de que la chica de la derecha se baje al llegar a su destino, sobre cual de las dos tiene una belleza más superlativa. Aunque yo ya tenía mi veredicto claro desde el principio: la chica morena, la de la izquierda. Su cara dulce, sus labios gruesos, su mirada perdidamente intensa… Todo hace que no pueda dejar de mirarla y que cuanto más la mire más atraído me sienta.

Va escuchando música, por momentos cierra los ojos, como para descansar, y entonces su boca sonríe sin necesidad de moverse transmitiendo tanta serenidad… Por momentos los abre, como para confirmar que no se ha pasado de parada, aunque quizás sea para asegurarse de que mi mirada sigue allí, clavada en ella. Porque se ha dado cuenta de que la estaba mirando y yo aún así no he podido apartar la vista. Su respuesta ha sido darle naturalidad.

Y suena la voz del metro “Próxima estación…”, es la nuestra, nos levantamos. Las puertas de salida están a su derecha, así que casi tenemos que cruzarnos con ella. Podré verla de cerca la última vez. Un impulso me lleva a dirigirme hacía ella y sin pensar decirle: “Disculpa -ella se quita los cascos y me mira con curiosidad- perdona que te moleste, solamente quería decirte que eres la chica más guapa que he visto en todo el día -y pienso que no puede ni imaginarse lo que eso significa con todas las que han sido-“.  Entonces se abren las puertas, y todo sucede en un segundo. Ella dice gracias a la vez con una voz melódica y con una sonrisa sincera, girando un poco el cuello para ver como salgo del vagón antes de que se vuelvan a cerrar las puertas.

Salimos los tres del metro y vamos hasta casa comentando lo que ha pasado. Por dentro no puedo dejar de pensar que he sido lo suficientemente valiente para hablarle, pero lo suficientemente cobarde como para no hacerlo antes, con más tiempo para ver su reacción, fuera la que fuera.

Me acuesto pensando que no la volveré a ver y tal vez sea mejor así aunque no tenga sentido, como aquellas cosas que solo pueden tener sentido sin tenerlo. Y me duermo imaginando como saben esos labios que yo nunca llegaré a besar.

Nota:

He omitido bastantes detalles de la historia por dos motivos: 1 El día dio para mucho y esto iba a ser eterno (ya me lo parece aún así). 2 Después de las cervezas y las copas que me tomé hay cosas que no podría recordar ni viéndolas en vídeo.

Además no todo lo que cuento es verdad, he añadido algunas cosas para adornar la historia y darle un poco más de nivel. Así que he de reconocer que: 1 Nunca se produjo ningún debate sobre existencialismo, ni mis amigos (creo) ni yo tenemos la menor idea sobre el pensamiento de Kierkegaard, ni solemos debatir sobre filosofía a menudo (ni tampoco de higos a brevas). 2 Cuando quedamos a medio día no fue para tomar “unas tapas y sus respectivas cervezas” sino más bien al revés. 3 Y ya, todo lo demás es cierto, de principio a fin, tal como lo viví, lo sentí y lo recuerdo.

Nota 2:

Al pobre que haya llegado a leer hasta aquí (más de 3000 palabras), puede que haya sido por cuatro motivos: 1 Te aburrías mucho mucho. 2 Igual escribo mejor de lo que pienso (poco probable), 3 Te aburrías mucho mucho mucho. 4 Querías saber el resultado del partido y no te has dado cuenta todavía de que esto no es la crónica del derbi.

Si es la primera, deja un comentario, te puedo recomendar un par de libros. Si es la segunda… no, no es la segunda. Si es la tercera, búscate un hobby o algo ¿no?. Y si es la cuarta… Venga anda hijo, quedaron 1-1. 

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