La culebra de madera

De vez en cuando me gusta parar. Dejar todo en lo que normalmente centro mi atención a un lado y, por un rato no hacer absolutamente nada, lejos del ruido de las cosas y de la gente, de las prisas del reloj por llegar a ningún sitio, y simplemente permitir que mis sentidos se expandan hacia fuera y hacia dentro, hacía el planeta y mi ser y conectarlos.

Amo tener un momento de silencio y soledad de vez en cuando.

Tumbarme en el césped sintiendo el tacto de la hierba en mi piel y mirar hacía un alegre cielo azul para ir observando como algunas pequeñas nubes blancas se deshacen mientras otras giran sobre si mismas. Mientras tanto una cotorra argentina, con sus características alas verdes pasa volando justo por mi línea de visión y me lleva a pensar que hace años era casi imposible ver una en España.

Me incorporo un poco y apoyando los brazos sobre las rodillas rodeo mis piernas semiabiertas. Me encuentro en una pequeña loma, desde la que a lo lejos puedo ver mezclándose los diferentes tonos verdes y amarillos de los árboles. Un poco más cerca, en silencio, pero siempre presente, el agua del lago.

Unos metros delante de mi, a la derecha, hay un chopo estrecho con dos ramas principales levemente separadas. El aire baila entre ellas haciéndolas mecerse y arrancando sonidos a sus hojas. Al fijarme más veo una pequeña ramita caída entre las dos grandes de tal forma que crea una especie de pequeño puente. Se siente totalmente inestable, como si fuera vulnerable al más mínimo movimiento y a la vez parece que pudiera llevar así meses.

Como de la nada aparece un oscuro y poco llamativo pajarillo que, elegante y delicado se posa sobre la ramita en la que me estaba fijando. Divertido, da varios pequeños saltos sobre ella como para confirmarme que aguantará ahí por mucho tiempo más, y tras eso se marcha volando hacia otra parte.

Bajo un poco más la vista y a los pies del árbol la combinación exacta de agua, luz y sombra han hecho crecer algunos hongos, que le dan un toque aún más natural.

Un poco más cerca, entre el chopo y yo, una pluma con la ayuda del viento lucha, insistentemente, pero sin éxito, por salir volando y escapar de entre unas briznas de hierba.

A mis pies una diminuta culebra de madera permanece totalmente inmóvil.Culebra de madera La cojo y paso la yema de mis dedos sobre ella. Es rugosa, me gusta su tacto y su forma. La dejo nuevamente donde estaba, me vuelvo a tumbar y cierro los ojos, mientras pienso: “Si fuera un niño me la llevaría a casa, estoy seguro. Ya no hago ese tipo de cosas. No sé por qué. En pequeñas tonterías como esa radica también la felicidad.”

Respiro profundamente y mis pulmones se llenan de olor a pino. Del mismo pino que además también me da su sombra, a través de la cual deja pasar algo de luz, que noto moverse incluso con los párpados cerrados. De fondo como una canción, el incesante coro de las voces de las diferentes aves de la zona. La temperatura es templada, algo cálida quizás pero muy agradable.

No puedo pedir más, el momento es perfecto, único, irrepetible. Pienso que cada detalle podría fácilmente no haber sido así. La hierba podría haber estado seca, el cielo oscuro o la cotorra argentina no haber llegado nunca a España. Esa ramita podría no haber encontrado el equilibrio perfecto para que aquel pájaro se posara en ella. Ese árbol podría no haber sido el sitio ideal para que crecieran unos hongos. Esa “culebra” podría no haber estado ahí, o simplemente podría haber llovido y yo nunca hubiera ido. Pero al final todo se conjugó de esa forma concreta. No por destino ni por un motivo, simplemente ocurrió porque sí y yo solamente pasaba por allí.

Momentos así suceden en todo el mundo, y muchos de ellos ni si quiera son vividos por nadie, ni serán descritos, ni recordados, y eso les da más sentido y los hace aún más bellos.

Mientras pienso en eso deja de existir el tiempo. No hay horas, ni antes ni después. Tal vez aún siga allí. Tal vez no volví a abrir los ojos para ver que la pluma ya no estaba, que había conseguido escapar. Tal vez no volví a casa.

O tal vez sí volví, solamente para preguntarme: “¿Por qué fui tan idiota de no coger la culebrilla de madera y traerla a casa? Representaba el renacer de mi niño interior, una promesa de seguir persiguiendo mis sueños… Y sobretodo, y mucho más importante, ahora podría estar haciendo cualquier idiotez con ella. Je. Je, je, je.”
¡Nunca os llevéis una ramita a casa!

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