Un suspiro se quebró
dejando huérfano de vida
al corazón que refulgía
de pasión no mucho antes.
No escuchó:
no importa lo que digan,
y se estrelló ese día
como lo había hecho antes.
Se entregó
con pasiones embebidas
y las miras que tenía
se elevaban cada instante
hacia el Sol,
hacia distancias perdidas,
hacia tiempos de alegría,
hacia lugares distantes.
Se mudo a la sin razón,
a la calle desmedida
del calor de dos amantes
al saber que se querían.
Nunca lo dudó,
se olvidó de sus heridas
y lloró por la alegría que sintió
por ver estrellas tan radiantes.
No importa cuantas veces mueras, sino cuantas estás dispuesto a renacer.